La educación de los niños
¿Un problema? Por Ruth Espallargas Carbó. Pedagoga
Todos hemos oído mil veces esa petición de más de un padre o madre, primerizo o no, del “libro de instrucciones” de su/s hijo/s o del on/off de estos. Los niños evolucionan desde el mismo momento de su nacimiento. Desde que salimos del útero materno tenemos que adaptarnos al entorno, a la forma de sentir lo que nos rodea, a alimentarnos, a relacionarnos con los demás, a pedir aquello que necesitamos o simplemente que queremos... y a eso ningún padre puede prepararse para dar soluciones inmediatas. No, los padres vamos aprendiendo con nuestros hijos esa evolución, esa adaptación. Por eso cada hijo es diferente, aún dentro de la misma familia, misma casa, mismas oportunidades, mismo ambiente... porque cada uno siente su adaptación al entorno que le rodea de manera diferente, porque las vivencias, los sentimientos que éstas despiertan, y las reacciones que suscitan en nosotros y en los demás no son iguales en ningún ser humano.
Irene tiene 2 años. Es una niña muy despierta, con una curiosidad infinita hacia todo lo que le rodea. No tiene miedo a lo desconocido y es capaz de investigar, probar todo lo que se pone a su alcance. Ahora lleva unos días que responde a todo “no” y eso es desesperante para sus padres. Irene, está descubriendo los limites, afirmando su personalidad, intentando imponer sus normas (al igual que los demás hacen con ella) e imitando la conducta que más le llama la atención de las personas que le rodean.
Es tan necesario un castigo como un abrazo a tiempo. Me refiero a ese castigo oportuno, que tiene relación directa con la norma transgredida y siempre dentro de una ecuanimidad. Pocas veces se dan condiciones óptimas para que podamos conseguir pensar en esa penalización “ideal” que ayudará a nuestro hijo o hija a darse cuenta de la consecuencia de su acción. Bien, tal vez nos puede ayudar el hecho de no dar soluciones inmediatas. El propósito de la disciplina es enseñar que toda conducta tiene una consecuencia y no el de sancionar conductas por sí mismas.
Pedro tiene 4 años. Mamá le ha dicho mil veces a lo largo de la tarde que no juegue en casa a la pelota. Finalmente ocurre lo que era irremediable: ha tirado un cuadro. Mamá se enfada con él y le dice: “Pedro, siéntate a pensar en tu habitación y me vas ha hacer un dibujo de lo que ha pasado”. Mamá pensará que consecuencia tiene tu comportamiento.
De esta manera, Pedro, que sabe que ha hecho algo mal, sacará su frustración de lo mal hecho y de no seguir haciendo lo que quiere (jugar a la pelota) en el dibujo y a mamá le dará tiempo a pensar en algo que se ajuste a esos parámetros de lo que puede ser un buen castigo.
La separación física es ya un castigo en si y así se lo hacemos saber. “Mama está triste contigo porque no has hecho caso a lo que ella te decía” “Hemos dejado de ser amigos ahora”... Frases así, nos pueden ayudar a hacerles entender que no cumplir una norma, no obedecer que la consecuencia de su mal comportamiento lleva a una separación entre mama/papa y el niño/a.
A los niños / as hay que explicarles las cosas porque ellos las entienden perfectamente. Conocen cuando las cosas están bien o mal, cuando son buenas o malas, cuando lo están haciendo bien o mal... sólo hay que explicárselo a su nivel, con sus palabras, desde su perspectiva, sin olvidar que son jueces implacables y que cualquier excepción de norma es anotada y denunciada en el mismo momento en que se produzca.
Eso sí, una vez tomada la decisión de sanción, es fundamental mantenernos firmes en ella. Cuando decimos no, es no. Cuando hay un castigo por infracción de una norma, es algo inamovible, no está sujeto a ningún tipo de negociación. Si una vez cumplido o en el proceso de hacerlo vemos que ya ha sido efectivo, sí podremos negociar la sustitución por algo más leve, pero nunca abandonaremos el castigo o no lo pondremos en práctica porque de esa manera perderemos toda autoridad para la siguiente actuación.
Y por supuesto, no todo es sanción. Los besos, los abrazos... cualquier manifestación de afecto, de cariño, de amor debe tener constante presencia en las relaciones con los niños. El abrazo de reconocimiento a ese pequeño esfuerzo de poner la mesa, el beso gratuito de un “te quiero, cariño” cuando los recogemos del cole, las gracias por cumplir con su obligación de recoger la habitación, son fundamentales para hacer de ellos adultos seguros de sí mismos, afectuosos con los demás y capaces de reconocer los méritos ajenos, en igualdad con los propios.
Interesarnos por sus cosas nos ayudará a conocer mejor sus centros de interés, de manera que nos den pistas de por dónde podemos ir encauzándoles. Ese momento del encuentro al final de la jornada o en la mesa, es ideal para dialogar sobre cómo les ha ido el día, a qué han jugado, con quien, que asignaturas les gustan más o cuales les parecen menos atractivas, cual es su relación con sus profesores, quienes son sus amigos,....Y también contarles como ha ido el nuestro, porque a veces el cansancio o un mal día de trabajo dentro o fuera de casa puede provocar mayor número de conflictos. Si todos tenemos información sobre el estado de ánimo de los demás miembros de la familia, será mucho más fácil que nos entendamos y procuremos que las cosas funcionen mejor.
Toda esta manifestación de sentimientos no esta reñida con otro objetivo fundamental de cualquier padre / madre de fomentar la autonomía. Hasta ahora hemos hablado de normas, de establecerlas y de conocerlas, pero hay que dejar que experimenten, hay que dejar espacio para “su toma de decisiones” porque de esa manera le ayudaremos a ser adultos con capacidad de crítica, con autonomía de ideas, con capacidad de pensar y decidir hacia donde dirigirse o cual debe ser su actuación ante la situación que se encuentran.
Si siempre somos nosotros los que nos adelantamos a su actuación y siempre somos nosotros los que decidimos lo que está bien o mal, lo que debe hacer o no, estaremos fomentando la dependencia. Jaime tiene 6 años y se ha empeñado en llevarse al cole el peluche más horroroso que hay en casa. O eso nos parece a nosotros. Le decimos que no, que van a pensar que es un bebe, que está muy viejo, que es feo....¿y por qué no? Tal vez él necesita ese peluche para afirmarse, para enfrentarse al mundo y decir ¿por qué no? Permitir que nuestros hijos se equivoquen favorece a su capacidad de autocrítica, a la elaboración de ideas y razones propias por las que las cosas se pueden o no se pueden hacer.
Todos sabemos aquello en lo que tienen destreza o son mejores y las cosas en las que tienen mas dificultad o que simplemente no están dotados y/o interesados en ellas.
Cristina va a clases de danza desde los 3 años. Ahora, con 10, tenemos todos los días problemas para que llegue a la hora, porque las disculpas y las discusiones son continuas. - ¡¡Lo que hubiera dado yo por tener esta oportunidad!!- le dice su madre a una amiga.
Es más eficaz hablarlo con ellos, llegar al fondo del asunto y ver dónde se sienten mejor, tienen mas posibilidades o que les ayudaría mas en su desarrollo, dejando al lado nuestras pequeñas frustraciones, carencias o simplemente comodidades. Buscar una solución conjunta será más beneficiosa para todos y reforzará nuestra autoridad como padres y la capacidad de decisión de nuestros hijos.
Tener la capacidad necesaria para sacar todo lo mejor de ellos es tarea fácil desde los éxitos y pero no debe ser menos positiva desde sus fracasos, pues estos son una doble experiencia de aprendizaje. Cuando algo no sale bien pensar que, por un lado ya sabemos lo que no debemos hacer, y por otro, tenemos una nueva oportunidad de aprender a hacerlo bien, o al menos mejor de lo que lo habíamos hecho.
Nuestra responsabilidad fundamental como padres es la de acompañar a nuestros hijos en la difícil tarea de hacerse mayores, de crecer y de desarrollarse para ser adultos con juicio crítico y capacidad de decisión, sensibles y solidarios, conscientes de sus limitaciones y desarrollando al máximo todo su potencial para que sean plenamente felices.
Nadie dijo que es tarea fácil, pero se lleva haciendo miles de años y, en general, con un sinfín de historias exitosas. Tenemos todo lo que podemos necesitar para hacerlo bien: unos hijos maravillosos, mucho sentido común, capacidad para estar atentos a las señales que ellos mismos nos van dando, inmensa paciencia y amor incondicional hacia ellos.